«Desde hoy, la pintura ha muerto». Eso gritó Paul Delaroche en 1839 al ver el primer daguerrotipo. Estaba aterrorizado. Pensaba que si una máquina podía calcar la realidad, el pintor ya no tenía oficio. Se equivocaba totalmente. La fotografía no mató a la pintura; la liberó.

Gracias a la cámara, los pintores dejaron de estar esclavizados por el realismo y el retrato de encargo. Pudieron ser abstractos, impresionistas, salvajes. La pintura reventó en colores y formas que nadie había imaginado porque ya no tenía que ser «útil» para documentar la realidad.

Hoy, los gritos han vuelto. «La IA ha matado la fotografía». «La IA ha matado el vídeo».

Yo digo: Bienvenidos a la liberación.

Por primera vez en la historia, el presupuesto ya no es la frontera. Una escena digna de Hollywood está a un prompt de distancia. Con paciencia y criterio, puedes esculpir píxeles hasta llegar a resultados que superan tu propia imaginación. Y ahí, justo ahí, es donde reside el nuevo problema: la imaginación.

La IA ha democratizado la ejecución, pero ha hecho que el criterio sea el nuevo oro. Si cualquiera puede generar una imagen perfecta, la «perfección» deja de tener valor. Lo que tendrá un valor incalculable será la capacidad de ser más creativo, más crítico y más disfrutón con el proceso.

¿Cómo vamos a sobrevivir? No vamos a sobrevivir compitiendo en velocidad o en precio con una máquina. Vamos a triunfar siendo Directores de Realidades. La IA es el pincel más potente jamás creado, pero sigue necesitando una mano que sepa hacia dónde apuntar.

Ahora que la técnica es gratuita, lo único que queda es La Mirada. El horizonte no es una ruina llena de desempleados; es un campo de juego infinito para los que se atrevan a pensar más allá de lo que la máquina propone por defecto.

Yo no veo el fin de mi oficio. Yo veo un horizonte lleno de retos y oportunidades.

¿Y tú? ¿Vas a llorar por el pincel o vas a empezar a pintar el futuro?

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